Aquel día, en toda la Jonia , se celebraría el Día de los Hombres Libres, acontecimiento remotamente nuevo que conmemora la proclamación de la independencia con la Tracia del Norte. Y en el pueblo de Haraldr era una festividad muy esperada (más que nada por los niños), en donde se hacían diversos números: había obras teatrales, cenas comunales, fuegos de artificio, concursos y discursos de los pueblerinos que gozaban de renombre; y todo ello llevado a cabo sobre la plaza central de pueblo, en la cual descansaba la soberana figura del gran General Saudes Vigo, padre de la patria jonica.
Fenrir estaba admirando la grandeza del lago adyacente a la festividad, ensimismado en sus pensamientos, oyendo a los lejos la ebullición del gentío, la rítmica de los instrumentos sonoros y el cantar de las aves cuando repentinamente se le acerca por detrás una doncella muy hermosa, con unos cabellos largos color azabache, al tiempo que tarareaba una melancólica y suave melodía en un idioma extraño. Fenrir no pudo más que quedarse estático y enamorado a tal preciada situación, encandilado por la belleza que esta mujer irradiaba. Lentamente, la extraña se le acercó y, rozándole con sus pelos, dirigióse hacia la orilla de la laguna sin dejar de cantar y sin dejar de observar el horizonte arbolado, aparentemente sin reparar en el viajero.
Y mientras el cálido soneto de la doncella continuaba, Fenrir se sumergió en un profundo letargo.